domingo, 17 de marzo de 2013

Un hombre bueno

   La elección del nuevo Papa ha marcado interesantes novedades con respecto a la trayectoria y origen  de sus antecesores.

  Por vez primera, después de muchos siglos, el Cónclave se produce sin que venga precedido de la muerte del anterior inquilino de San Pedro, sino por su sorpresiva renuncia, lo que ha contribuido, de paso, a engrandecer la figura de Benedicto XVI que hasta ese momento no era precisamente el Papa más popular.

   Por primera vez, también, se elige a uno que procede del continente americano y que, además, procede de un país de habla española. Desde Alejandro VI, a finales del siglo XV, no había habido ninguno de idioma castellano.

   Pero si esto es curioso para los aficionados a las estadísticas, sin duda, lo más importante, a mi juicio, es lo     que transmite en sus, aún, escasas apariciones como Pontífice. Hombre austero, humilde, tímido, enemigo de la parafernalia y el boato que tanto acompaña a las jerarquías de la Iglesia, de aspecto bonachón y con sentido del humor y la improvisación.

   La elección de Francisco como nombre en honor de San Francisco de Asís, el santo italiano que hizo de la pobreza, renunciando su vida desahogada,  y el estricto seguimiento de los Sacramentos su motor de vida y la de la Orden que fundó y, sobre todo, sus primeras y afortunadas palabras. "Quiero una Iglesia pobre y para los pobres", le han alejado del púlpito inalcanzable en el que se sitúan los señalados y acercado al mundo real, el de los que sufren, el más numeroso, por desgracia, de cuantos existen en este mundo.

   Ojalá tenga la suficiente fuerza y tiempo para trasladar a las estructuras de la Iglesia todo lo que adivinamos en su persona y en su forma de pensar y comportarse.