No descubrimos ningún secreto ni aportamos
novedad alguna si afirmamos que la clase política pasa por uno de sus peores
momentos desde la instauración de la democracia. Bien es cierto que nunca ha
gozado de gran popularidad entre la ciudadanía. Unas veces era por el cambio de
chaqueta, otras por el incumplimiento de las promesas o por la compra venta de
apoyos. Ahora es por lo más bajo: la corrupción, el trinque, el robo de dinero
público para beneficio propio y/o del partido.
En este momento y usando como argumento
la regeneración democrática y el respeto a la voluntad de los electores se
anuncia una reforma de la Ley Electoral para la elección de Alcaldes. Poco se
ha apuntado más desde el Gobierno y son muchos los interrogantes que genera,
puesto que nuestro actual sistema no es ni presidencial ni mayoritario, sino
representativo y proporcional. Son los concejales elegidos, según la proporción
de la Ley D’ondt, los que, a su vez, eligen al Alcalde. Esto mismo ocurre para
la elección de los Presidentes Autonómicos y del Presidente del Gobierno.
Si la medida se amplía también a los
Parlamentos Autonómicos como ya se ha empezado a anunciar por algunos y por qué
no a la elección del Presidente del Gobierno, lo lógico sería hacer una revisión
total de nuestro sistema electoral. No parece lógico que el Alcalde sea elegido
directamente por los ciudadanos y los Presidentes Autonómicos y el del Gobierno
de forma indirecta por los diputados.
Por todo ello parece, a priori, que el
asunto no es tan sencillo y que por tanto requiere una seria reflexión y un
imprescindible consenso. Ni lo uno ni lo otro existe en este momento y difícil será
que se logre en el poco tiempo que queda hasta las próximas elecciones del mes
de mayo.
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